Opinión
Durante
años hemos escuchamos la típica frase de si no te arriesgas, no ganas. Esa idea
funcionó durante mucho tiempo y se volvió casi indiscutible. Pero hoy, insistir
en ella puede ser un error.
El
problema no es arriesgar. El problema es hacerlo como si el contexto actual fuera
el mismo de antes. El entorno económico no castiga la falta de valentía, sino
la equivocación. Y el margen para cometer errores es mucho más pequeño de lo
que queremos reconocer.
Las
tasas de interés siguen altas. Aunque la inflación ha bajado, los bancos
centrales no tienen prisa por regresar al dinero barato. La Reserva Federal dijo
que cualquier ajuste dependerá de cómo se comporten la inflación y la economía,
no de lo que los mercados esperan. En otras palabras, el financiamiento
seguirá siendo caro.
Cuando
el financiamiento es caro, cada decisión pesa más. Un proyecto mal planteado,
una deuda mal planificada o una inversión demasiado concentrada pueden borrar
en poco tiempo lo que llevó años construir. En este contexto, tomar decisiones
para crecer sin evaluar los riesgos deja de ser una buena idea.
El
crecimiento global tampoco es favorable. El Fondo Monetario Internacional
estima que la economía mundial crecerá alrededor de 3% en 2026. Si bien es
cierto que el mundo sigue avanzando, nos enfrentamos a muchos desafíos, entre
ellos tensiones geopolíticas que no se resuelven, episodios frecuentes de
estrés financiero y eventos climáticos cada vez más costosos.
A
esto se suma la volatilidad. Los mercados se pueden mover en cuestión de horas,
una decisión política anunciada por redes sociales o un conflicto externo
pueden ser suficientes. El Banco Mundial señaló que los más vulnerables no
siempre son los más endeudados, sino los que no tienen un colchón para
sobrepasar los momentos difíciles. Esto aplica igual para países, empresas
y finanzas personales.
Por
eso, la rentabilidad prometida, por sí sola, nos dice poco o nada. Evaluar
decisiones solo por el retorno esperado es uno de los errores más comunes. En
el entorno actual, la pregunta importante no es cuánto puedo ganar si todo sale
bien, sino qué pasa si las cosas no salen como espero.
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